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Nellie Bly: la periodista que dio la vuelta al mundo en 72 días

por Sinergia Traveller
Retrato histórico en blanco y negro de la periodista Nellie Bly, hacia 1890. Fotografía de H. J. Myers, Biblioteca del Congreso.

El 14 de noviembre de 1889, una periodista estadounidense embarcó en Nueva Jersey con una pequeña bolsa de viaje y una idea que parecía extraída de una novela: dar la vuelta al mundo en menos de ochenta días. Se llamaba Nellie Bly y tenía veinticinco años. A su regreso, el planeta seguiría siendo igual de grande, pero algunas certezas sobre quién podía recorrerlo ya no serían las mismas.

Su viaje comenzó como un desafío literario, se convirtió en un fenómeno periodístico y terminó en una multitud que celebraba la llegada de una mujer que había conseguido cruzar océanos y continentes en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos. Detrás del cronómetro, sin embargo, hay una historia aún mejor que el récord.

La idea que nadie quería autorizar

Elizabeth Jane Cochran, conocida profesionalmente como Nellie Bly, ya se había ganado un nombre como reportera de investigación. Había denunciado las condiciones de un centro psiquiátrico de Nueva York haciéndose pasar por paciente. En 1888 imaginó otra clase de reportaje: comprobar si era posible superar los ochenta días que Julio Verne había convertido en ficción con Phileas Fogg.

La respuesta inicial de los responsables del New York World fue de desconfianza. Temían que una mujer necesitara compañía, demasiado equipaje o más ayuda de la que permitiría un viaje tan rápido. Nellie no discutió solamente el itinerario: cuestionó la suposición de que el proyecto tenía que confiarse a un hombre.

Un año después, el periódico aceptó. La periodista salió a bordo del Augusta Victoria rumbo a Europa. Había reducido su equipaje a una bolsa pequeña y llevaba consigo lo esencial para escribir y desplazarse. Era una elección práctica, pero también un argumento visible contra los prejuicios de su época.

Un encuentro con el hombre que había imaginado el viaje

Tras cruzar el Atlántico, recibió una invitación inesperada: Julio Verne quería conocerla. Nellie se desvió hasta Amiens, en Francia, para visitar al escritor cuya novela había inspirado la aventura. Era uno de esos encuentros que parecen reservados a la literatura: la viajera real, frente al creador del viajero imaginario.

La visita no borró el objetivo. Aún quedaban el Mediterráneo, el canal de Suez, las escalas de Asia, el Pacífico y un continente americano por atravesar. En 1889 no existía la posibilidad de comparar vuelos en el móvil ni de reorganizar conexiones instantáneamente. Un retraso de un barco podía transformar un itinerario prometedor en un fracaso.

La ruta combinó vapores y trenes, puertos y ciudades muy distintos entre sí. Pasó por el entorno del canal de Suez, Colombo, Penang, Singapur, Hong Kong y Japón, entre otras escalas. El mundo de Nellie estaba unido por las grandes rutas marítimas y ferroviarias de finales del siglo XIX, pero seguía exigiendo paciencia, capacidad de improvisación y resistencia.

La otra mujer que viajaba en sentido contrario

Mientras Nellie avanzaba hacia el este, otra periodista había recibido un encargo precipitado. Se llamaba Elizabeth Bisland, trabajaba para la revista Cosmopolitan y salió también el 14 de noviembre de 1889, pero en dirección contraria: hacia el oeste.

Bisland, que no había planeado aquella aventura, se convirtió en la rival de una carrera alimentada por la prensa estadounidense. No compartieron ruta ni preparativos; compartían un desafío que cuestionaba lo que se esperaba de las mujeres viajeras. La historia suele recordar a una ganadora, pero las dos protagonizaron una hazaña extraordinaria.

Elizabeth completó su recorrido en aproximadamente 76 días y medio, menos de los ochenta de la ficción de Verne, aunque después de Nellie. Sus crónicas también se publicaron. Recuperar su nombre permite contar esta historia sin reducirla a una sola celebridad.

El día en que la realidad superó a la novela

El 25 de enero de 1890, Nellie Bly llegó a Nueva Jersey entre celebraciones y expectación popular. El tiempo oficial del viaje fue de 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos. Había superado el desafío narrativo de Phileas Fogg con casi ocho días de margen.

Grabado histórico de 1890 que representa el recibimiento a Nellie Bly en Jersey City tras dar la vuelta al mundo en 72 días.
El recibimiento a Nellie Bly tras completar su vuelta al mundo. Grabado de C. Bunnell, publicado en 1890. Fuente: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Los diarios habían convertido su recorrido en un acontecimiento seguido por miles de lectores. Pero el resultado iba más allá del espectáculo: una periodista había demostrado que podía organizar, realizar y contar por sí misma una circunnavegación que sus superiores inicialmente consideraban inadecuada para ella.

Conviene no confundir la marca con una barrera definitiva: pronto hubo otras vueltas al mundo más rápidas. Lo que perduró fue la combinación de audacia, independencia y periodismo que convirtió el trayecto de Nellie en una referencia de la historia de los viajes.

Lo que todavía nos dice su maleta

Desde nuestra manera actual de viajar, puede sorprender que alguien decidiera recorrer el planeta con tan poco equipaje. Es fácil quedarse con la anécdota y olvidar el contexto. Para Nellie, aquella bolsa representaba también la libertad de moverse sin cumplir las expectativas que otros habían construido en torno a ella.

El viaje no fue una excursión apacible, ni sería sensato idealizarlo: las rutas dependían de las infraestructuras y desigualdades de su tiempo, y las crónicas de la época contienen miradas culturales que hoy debemos leer críticamente. Precisamente por eso merece la pena recuperar la historia completa, más allá de la leyenda del récord.

En Historias queremos contar viajes que dejan algo cuando terminan. El de Nellie Bly habla de trenes, barcos, fronteras y un cronómetro. Pero también de una decisión muy humana: no permitir que otra persona establezca de antemano hasta dónde puedes llegar.

Hay viajes que descubren lugares. Otros amplían los límites de lo que creemos posible.

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