Las viñas de Manilva cuentan una historia que va mucho más allá del vino. En una Costa del Sol conocida por sus playas y sus urbanizaciones, todavía sobreviven lomas cultivadas de moscatel que descienden hacia el Mediterráneo. Son parte del paisaje, pero también de la memoria de un pueblo. Y no tienen garantizado el futuro.
En ese territorio se desarrolla la historia de Nilva Enoturismo, un proyecto que propone algo tan concreto como ambicioso: demostrar que conservar las viejas cepas puede ser compatible con una actividad económica ligada al vino, la cultura y las visitas responsables.
Para el viajero, descubrir este rincón de Manilva es una manera de mirar la Costa del Sol desde otra perspectiva. No se trata solo de probar un vino, sino de entender qué paisaje lo hace posible y quiénes siguen cuidándolo.
El paisaje que resiste detrás de la Costa del Sol
A unos pasos de la imagen más reconocible del litoral malagueño, los viñedos de moscatel conservan una relación antigua con el pueblo. Las cepas se extienden sobre tierras albarizas, se cultivan tradicionalmente en secano y reciben la influencia del mar y de los vientos próximos al Estrecho de Gibraltar.
Pero ese escenario ha ido reduciéndose. Según los datos que publica Nilva en la presentación de su proyecto, el 70 % de las viñas de la zona desaparecieron durante los 25 años anteriores a esa estimación, en buena parte por las sucesivas presiones urbanísticas. La cifra procede del propio proyecto y refleja la dimensión del problema que denuncia; no debe confundirse con un inventario oficial actualizado.
Cada viñedo perdido representa algo más que unas hileras de plantas. Desaparecen formas de trabajar la tierra, conocimientos transmitidos entre generaciones y una imagen del territorio que difícilmente podrá reconstruirse una vez sustituida por otros usos.
Argimiro Martínez y la decisión de apostar por las viñas
El impulso de Nilva está ligado a Argimiro Martínez Moreno, ingeniero agrónomo y viticultor. Procedente de una familia de agricultores, conoció Manilva y sus viñedos en 2011. Tres años después, en 2014, puso en marcha Nilva Enoturismo con una idea: elaborar vinos de calidad y convertir el contacto directo con el viñedo en una experiencia capaz de ayudar a sostenerlo.
La propuesta no consiste en preservar un paisaje como si fuera una postal inmóvil. Busca darle continuidad mediante el trabajo agrícola, una producción limitada, la divulgación y el interés de quienes llegan para conocerlo.
Para profundizar en su visión y conocer la voz del protagonista, puede leerse la entrevista a Argimiro Martínez en Mundo Skål: «Salvar las viñas de Manilva para conservar un paisaje y una forma de vida». Allí está su testimonio personal; aquí, el foco está en el lugar y en lo que puede descubrir quien lo visita.

La moscatel de Alejandría: mucho más que vino dulce
La moscatel de Alejandría forma parte de la identidad vitivinícola malagueña y es conocida por su relación con los vinos dulces tradicionales. Sin embargo, Nilva muestra otra expresión de esa misma variedad: blancos secos, elaborados en pequeñas cantidades y vinculados al carácter de sus viñedos próximos al Mediterráneo.
La bodega se sitúa en la escala de los llamados «vinos de garaje», con una producción reducida. En la información sobre sus vinos, Nilva destaca el perfil aromático y fresco de la moscatel y la influencia del entorno marítimo en sus elaboraciones.
Este detalle hace que el recorrido resulte interesante incluso para quien conoce la uva solo a través del vino dulce: el mismo territorio puede expresarse de una forma diferente sin perder su raíz.
Una visita que comienza mucho antes de la cata
La propuesta de enoturismo permite seguir el hilo de la historia desde la cultura local hasta la copa. El recorrido habitual empieza en el CIVIMA, Centro de Interpretación Viñas de Manilva, donde se presenta la tradición vitivinícola del municipio. Después se conoce la pequeña bodega Nilva y se llega a la Viña del Peñoncillo, con vistas hacia el Mediterráneo.
Allí adquiere sentido lo aprendido en el museo: los cultivos, el suelo, el viento y el esfuerzo agrícola dejan de ser conceptos abstractos. El paisaje se convierte en una parte esencial de la experiencia.
El programa habitual se completa con una degustación de vinos moscatel y tapas. En la web oficial de Nilva se describe una visita estándar de unas dos horas, con un precio publicado de 30 euros por persona. Estos detalles pueden cambiar, por lo que conviene consultar la disponibilidad y las condiciones antes de organizar el desplazamiento.

Cuando el turismo ayuda a conservar
El valor de la propuesta está en la relación que establece entre la actividad turística y el territorio. Un visitante que descubre cómo se cuida una viña, pregunta por su historia y conoce a quienes trabajan en ella no contempla solo un escenario bonito: comprende mejor por qué merece la pena conservarlo.
Ese planteamiento recibió un reconocimiento importante en 2019: el proyecto «Salvemos las Viñas de Manilva» obtuvo un Premio Skål de Turismo Sostenible en la categoría de Naturaleza y Biodiversidad. El Ayuntamiento de Manilva recogió entonces la noticia y destacó la conservación del entorno como una de las claves de la iniciativa.
Los premios no sustituyen el trabajo cotidiano ni resuelven por sí solos el futuro del campo. Pero contribuyen a dar visibilidad a una realidad que el turismo convencional a menudo deja fuera de sus recorridos.
Cómo descubrir Nilva y las viñas de Manilva
Es una visita que invita a dedicar tiempo, escuchar y observar. Lo aconsejable es confirmar previamente el recorrido y reservar, especialmente si se viaja en grupo o se necesita adaptar la experiencia.
- Qué conocer: el CIVIMA, la bodega Nilva y la Viña del Peñoncillo, según el programa de visita disponible.
- Duración orientativa: alrededor de dos horas para la visita estándar.
- Precio publicado: 30 € por persona en la web de Nilva; confirmar antes de reservar.
- Localización de referencia: calle Doctor Álvarez Leiva, 2, Manilva (Málaga).
- Información y reservas: nilva.es/enoturismo. Contacto publicado: 609 290 370.
- Accesibilidad: consultar directamente con Nilva las condiciones del traslado al viñedo y del terreno según las necesidades de cada visitante.
Y hay una última recomendación que no figura en ningún programa: mirar alrededor antes de marcharse. En Manilva, el mar y las viñas comparten horizonte. Esa convivencia explica mejor que cualquier eslogan lo singular de este paisaje.
Viajar con sentido también es elegir qué queremos conservar
En Viajar con sentido buscamos experiencias capaces de acercarnos a un lugar sin reducirlo a una fotografía o una lista de visitas. Nilva ofrece una forma concreta de hacerlo: conocer el vino a través de la tierra y entender que el paisaje necesita personas que puedan seguir viviendo de él.
La pregunta que deja esta historia no es únicamente qué vino probaríamos. Es qué perderíamos si un día ya no quedaran viñas frente al Mediterráneo.

